
Esta es la historia de tres mujeres que miraron al cielo y entendieron lo que nadie hasta ese momento. Tres nombres para siempre ligados a las ciencias astronómicas de los que poco se habla. Tres proezas científicas que nos develaron las características, posición y composición de las estrellas.
Un sistema de clasificación para las estrellas: Annie Jump Cannon
El sistema más empleado en astronomía para clasificar a las estrellas considera ocho clases distintas (O, B, A, F, G, K y M) que se diferencian por sus características espectrales, específicamente por la intensidad de las líneas del hidrógeno. Tuvo su origen en el meticuloso trabajo de estudio y clasificación que desarrolló la física y astrónoma norteamericana Annie Jump Cannon, quien desde 1896 formó parte del Observatorio Astronómico de Harvard. Cannon, que quedó sorda tempranamente, trabajaba por 50 centavos la hora analizando las láminas fotográficas donde se registraban los espectros de la luz de las estrellas. Desarrolló una sorprendente habilidad y rapidez para leer los espectros y se percató de las semejanzas y los patrones de repetición que existían entre ellos. Su sistema de clasificación fue oficializado en 1922 por la Unión Astronómica Internacional, sin embargo, no fue hasta 1938 que las autoridades de la Universidad de Harvard la reconocieron como profesora regular de astronomía. Fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Sociedad Americana de Astronomía y en recibir doctorado honorario en la Universidad de Oxford. Durante toda su vida clasificó manualmente, mediante sus espectros, aproximadamente 350 000 cuerpos celestes, más que cualquier otro investigador. Se retiró en 1940 y continuó investigando hasta el día de su muerte. El sistema que inventó no lleva su nombre… es conocido como Clasificación Estelar de Harvard.
¿De qué están compuestas las estrellas? Cecilia Payne y la tesis doctoral más genial escrita en astronomía.

Durante mucho tiempo los científicos consideraron que la composición de las estrellas debía ser semejante a la de la Tierra. En 1925, la astrónoma y astrofísica anglo-americana Cecilia Payne, aplicó la teoría de la ionización para relacionar la clasificación espectral de Cannon con la temperatura absoluta de las estrellas. Su tesis doctoral titulada “Atmósferas estelares, una contribución al estudio de la observación de las altas temperaturas en las capas inversoras de las estrellas”, estableció al hidrógeno como componente fundamental de las estrellas. Sin embargo, debido a la presión del renombrado astrónomo Henry Norris Russell que no aceptaba su razonamiento, decidió calificar los resultados obtenidos en su tesis como “probablemente erróneos”. En 1929 el propio Russell reconoció que Payne tenía razón. Su tesis es ampliamente reconocida como la más brillante jamás escrita en astronomía. A pesar de trabajar toda su vida en Harvard (como parte del Observatorio Astronómico) y ser la primera persona en obtener un doctorado en astronomía allí, no fue hasta 1938 que recibió un puesto oficial como astrónoma. Fue en la segunda mitad de la década de los 50 cuando se convirtió en profesora y en la primera mujer en dirigir un departamento en esa universidad.
Henrietta Swan Leavitt y las distancias interestelares

Hubo un tiempo en que no había manera de medir distancias en el espacio…desde la tierra no podíamos saber si una estrella se veía muy brillante porque estaba relativamente cerca o por su luminosidad intrínseca. Henrietta Swan Leavitt, astrónoma estadounidense, estudió los espectros de un tipo de estrellas llamadas variables Cefeidas. Logró establecer una relación entre su luminosidad y el período de pulsación, permitiendo así contar con una escala para medir las distancias entre estrellas en el universo. Dicha relación es conocida actualmente como Ley de Leavitt.
Su trabajo fue publicado en 1912 en el artículo nombrado “Periodos de 25 estrellas variables en la pequeña Nube de Magallanes”; eran tres páginas firmadas por el director del Observatorio Astronómico de Harvard y al inicio una nota aclaratoria: “este trabajo ha sido preparado por la Sta. Leavitt”. Datos tan relevantes como el tamaño de nuestra galaxia, la distancia a estrellas lejanas o el tamaño del universo están todos ellos basados en los trabajos, observaciones y descubrimientos de Henrietta Leavitt en los albores del siglo XX. Quedó sorda siendo aún joven y al morir el valor de sus bienes no sobrepasaba los 350 dólares. No recibió en vida reconocimiento, medalla u honor alguno y solo tuvo el título de “ayudante”. Pasó a la historia sin que quedaran tras de sí demasiados documentos sobre su vida, por lo que en muchos aspectos es un misterio. En su honor un asteroide y un cráter lunar llevan su nombre.




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